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31 octubre 2013

Regalo 37: Serás libre.


Por: Víctor Rafael

            Vomité el amor y el rencor pasó a ocupar su lugar en mi corazón. El miedo iba siempre detrás de mí recordándome lo que había pasado cuando solo tenía cinco años de edad. Me refugié en el silencio y guardé en mi corazón aquel evento que en su momento estremeció mi niñez. Invertí demasiado tiempo buscando maneras de alimentar malos sentimientos hasta que finalmente encadené la posibilidad de perdonar a aquella maestra. Ella, perdida en su coraje, sembró el odio en mí, yo ciego de dolor, escogí ser el terreno donde creció.
            Su cara manchada por el coraje, su dedo señalándome y un golpe sobre la mesa. Nosotros dos solos en el salón comedor, yo llorando y ella gritándome; “¡Hasta que no te comas los coditos no sales de aquí!”  Le pedí de favor que me permitiera salir, le dije llorando que no me gustaban los coditos, pero para ella no fue suficiente. Tomó la cuchara en su mano y me obligó a comerlos… hasta hacerme vomitar, luego de eso me golpeó y me obligó a terminar de comerme lo que quedaba en la bandeja. A partir de aquel día verla, escucharla, mencionarla o recordarla, me aterrorizaba. Después de aquel almuerzo, sentarme en cualquier mesa donde hubiesen “pastas” servidas me hacía retroceder en el tiempo trayendo a mi mente aquel vómito que desde muy pequeño me enseñó a guardar rencor.
            Las imágenes de aquel día torturaron mi mente por mucho tiempo, el rencor oprimía cada vez más el pecho y mi estómago se retorcía con tan solo oler las pastas. Cada vez que veía a la maestra caminar por la carretera me escondía y mi cerebro solo trabajaba para crear pensamientos de odio y rencor hacia ella. A medida que esta escena se repetía, mi corazón gritaba, “¡Deja de castigarte!” Yo le preguntaba, “¿Cómo lo hago?” Él susurraba, “¡Perdónala!” Entonces comprendí que ya no se trataba de los coditos, ahora se trataba de perdonarla a ella.
            Desde muy pequeño firmé un contrato que decía “Mientras más la odies, más lejos estará de ti.” Era la manera más fácil de no enfrentarme ni a ella ni a las pastas. Lo que pasé por alto de aquel contrato que creé yo mismo era que en letras pequeñas decía “Si no la perdonas tu corazón se dañará, a medida que sigas creciendo tu entorno se volverá frío, el odio apagará la felicidad y el rencor controlará tu vida por el resto de tus días. Solo hay una manera de ser feliz y el perdón es el vehículo para llegar a ella.”
            Decidí perdonarla y un sinnúmero de cosas que nunca pensé que tendría comenzaron a llegar a mi vida. El perdón me llevó a ampliar mi dieta, ya puedo comer pastas, ya puedo disfrutar de los coditos. El perdón me llevó hacia relaciones sociales saludables. El perdón liberó mi alma, cerró aquel capítulo de mi vida y me regaló felicidad. El perdón alejó de mí el miedo a enfrentarla en la carretera. El perdón me llevo a crecer en todas las áreas de mi vida. Y lo más significativo de todo es que el perdón hizo pequeño lo que en su momento fue grande, lo que fue una horrible experiencia lo transformó en una oportunidad para avanzar. Ya nada giraba en torno a lo mucho que me limitó ese evento, sino alrededor de lo mucho que aprendí gracias a la maestra. El perdón me liberó.
Seguramente mientras leías venían a tu mente recuerdos de personas, lugares o eventos en tu vida, eso es sinónimo de que hay trabajo por hacer. Ahora te toca a ti… perdona, serás libre. 


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