28 marzo 2013

Regalo 6: Una pizca de sal y listo.


Por: Víctor Rafael

            Noche serena. Una noche de reflexión y conexión con lo que había pasado durante todo aquel año lleno de derrotas y victorias en el campo de batalla de la vida. Había sido un año que dio un giro radical a mi proceder, un año en el que había tomado decisiones por mí, decisiones que hoy me tienen en el lugar donde estoy, un lugar que amo, un lugar donde sirvo y un lugar donde me regalo al mundo con amor.
Allí, en aquel lugar, habíamos más de seiscientos jóvenes. Cada uno de nosotros con una inquietud diferente, cada uno de nosotros con un entorno familiar diferente, cada uno de nosotros con una misión terrenal diferente. Nunca voy a olvidar aquella noche, donde por medio de alguien, el mismo Dios se hizo presente en mi vida, el mismo Dios me habló y consoló mi corazón.
Luego de un inspirador mensaje, que hacía un llamado a mantener viva la fe, a mantener viva la esperanza y sobre todas las cosas a mantener vivo el espíritu joven ante el año que se aproximaba, aquel señor abrió espacio para que cualquiera de nosotros hablara. Habló uno, hablaron dos y en tercer lugar estaba yo. Me dirigí hacia donde él estaba y le conté por lo que estaba pasando. Le conté acerca de mi situación familiar y de lo solo que me sentía en el camino de la fe, pues aunque siempre recibía apoyo de parte de quienes viven conmigo, estos nunca asistieron conmigo un domingo a la casa del Padre. Le conté que la situación no mejoraba. Le conté que mi fe se debilitaba y que entendía yo, que lo mejor que podía hacer era seguir la corriente.  Me dijo “Visualiza tu hogar como un gran caldero de arroz.” Con cara de asombro pensé que no había prestado atención a lo que yo, con toda la preocupación del mundo, le estaba contando. Me preguntó “¿Cuánta sal le pones al arroz?” Le contesté “Honestamente no sé, no recuerdo, nunca he medido cuanta sal le pongo al arroz. Pienso que se le hecha la suficiente como para que quede bien.” Me miró, se sonrió, puso su mano sobre mi hombro y me dijo “No te has dado cuenta que eres la sal suficiente en tu hogar. Eres todo lo que Dios necesita en tu hogar en este momento, para que tú y los tuyos vivan bien. Eres justamente  la cantidad de sal que Dios necesita. Animo, del cielo te fue dada una gran misión y Dios no espera de ti que te quedes con los brazos cruzados.” Lágrimas brotaron de mis ojos, lo miré, lo abracé y le agradecí por el regalo que me había hecho aquella noche y me retiré.
Lo que el día me regaló fue la oportunidad de ver que aunque pensaba que estaba solo y navegando sin sentido por la vida, no era así. Aquel hombre, usó su sabiduría para mostrarme el camino a seguir. Aquel hombre me recordó que tengo una misión en la Tierra y que no debo quedarme de brazos cruzados y mucho menos abandonar lo que estaba viviendo por mi condición temporera.
Mateo escribió hace más de dos mil años “Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará? Ya no sirve para nada, sino para tirarla fuera y que la pisen los hombres.” (Mateo 5: 13) En aquel tiempo la sal era muy valiosa pues aparte de que sazonaba los alimentos, los preservaba aún en condiciones extremas. Hoy quiero invitarte a reconocer el valor que tienes para el mundo. ¿Por qué te quitas valor? ¿Por qué te has quedado con los brazos cruzados? ¿Por qué has dejado que te pisoteen? ¿Cuándo decidiste que no darías más de ti al mundo? Si no damos de nosotros la alegría, entusiasmo, paz, pasión, entrega, entonces no recibiremos nada de lo que ya mencioné. Aquel señor utilizo a mi familia como un ejemplo para mostrarme que donde quiera que me pare estoy llamado a ser sal, estoy llamado a ser la diferencia, estoy llamado a servir. Si no estás en la disposición de ser sal para el mundo, entonces pregúntate ¿para qué estás aquí? Acepta tu asignación y camina en entera confianza porque todo está bajo control.
Hoy te invito a que mires tu vida como un gran caldero de arroz. En el mundo que vivimos hace falta gente comprometida, no tan solo con su vida, sino también con la vida de las personas que le rodean. Hace falta gente que haga una elección por ser sal ante el sinsabor que la vida nos trae. ¿Has pensado en la responsabilidad que tienes en tu hogar? ¿En tu escuela o universidad? ¿En tu trabajo? ¿Has pensado en la diferencia que puedes hacer en el mundo? Si alguna vez llega a tu mente que no tiene sentido la vida o que estás aquí para nada. Si alguna vez llega a tu mente que no vale la pena vivir o que a nadie le harías falta, recuerda que del cielo te fue dada una misión y que Dios lo menos que espera de ti es que te quedes con los brazos cruzados. ¡Adelante!

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