15 agosto 2013

Regalo 26: Soñé que me caía.


Por: Víctor Rafael

            Me podía ver a mí mismo. Era como estar en dos sitios al mismo tiempo, dentro y fuera de mí. Me sentía y me veía a la misma vez. Desde arriba podía verme en un sitio con muy poca luz, sentía mis pasos, sentía cómo mis pulmones se contraían y luego se expandían haciéndome respirar, sentía como los latidos de mi corazón se aceleraban a medida que iba caminando, sentía el frío seco. Además veía un camino de piedras de distintos tamaños, cada una con algo grabado. Me acerqué, tenían escritas palabras incómodas, alarmantes, agobiantes, preocupantes. Luego de ver eso, quise despertar y no pude.
Foto por: Ronald Avila
Cuando me di cuenta, estaba caminando por la vida. Estaba caminando sobre las experiencias que había vivido. Dormido, podía sentir como mi cuerpo transpiraba mis miedos. Me movía dando vueltas sobre la cama buscando despertar y no podía. Cada una de las piedras de las que te hablé, tenían grabado lo que viví, lo que estoy viviendo, lo que aún no he vivido. Había sentido tanto dolor por lo que pasó que quería obviar lo que estaba viviendo, todo el tiempo iba mirando hacia lo desconocido, hacia el futuro, para evitar el dolor en mis heridas rodillas por las veces que caí. Había inventado tantas historias que ya no me permitía vivir presente en lo que hacía momento a momento. Había creado tantos mecanismos para defenderme que nada ni nadie podría entrar. Creé tantos atajos para evitar sufrir que perdía de vez en cuando el camino de regreso. El dolor en las rodillas me enseñó que debía estar ocupándome por lo que vendría para evitar el sufrimiento. En el sueño, solo quería pensar en lo que pasaría, en las posibles situaciones que me encontraría, en cómo manejarlas o cómo actuaría ante ellas. Iba leyendo las piedras que estaban delante de mí, obviando por completo las que iba sobrepasando, las que iba pisando. Caminaba cada vez con más ansiedad, cada vez preocupándome más por las piedras que veía de lejos. Aceleré el paso, pensé que así podría verlas mejor, le ganaría a la vida una pequeña carrera que me ayudaría a vivir algunos minutos adelantado a ella. De momento me tropecé, vi cómo mi cuerpo caía, cómo quería usar mis manos para no hacerme más daño y justo cuando iba a tocar aquel suelo pedregoso, justo cuando mi cara estuvo a centímetros de tocar el piso… desperté.
Fue tan real, minutos después de levantarme seguía con el corazón acelerado. Me senté sobre mi cama a pensar un poco, a respirar para calmarme. Una hora más tarde no podía conciliar el sueño. Dando vueltas en mi cama, pensé en las veces que me he caído por estar más pendiente a lo próximo que a lo presente. Llegó a mi mente, a mi corazón, un pensamiento que hoy quiero compartir contigo. “Si cuando camino, en lugar de mirar las piedras que pasaré, miro las que estoy sobrepasando, evitaré caerme, dañarme, tropezarme. Tendré la satisfacción de que si me caigo, habrá sido con lo que tengo y no con una idea que no sé si es o será real. Evitaré perder lo que tengo, por miedo a lo que vendrá. Si vivo el momento presente, el hoy, el aquí y ahora, la ganancia será más.” Abrí mis ojos en la mañana siguiente, Dios me había regalado la vida, la vida me regaló un sueño y el sueño me regaló lo único que tengo, lo único que es mío, lo único sobre lo que puedo actuar, el regalo más preciado… el presente. 


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