Por:
Víctor Rafael
Me podía
ver a mí mismo. Era como estar en dos sitios al mismo tiempo, dentro y fuera de
mí. Me sentía y me veía a la misma vez. Desde arriba podía verme en un sitio
con muy poca luz, sentía mis pasos, sentía cómo mis pulmones se contraían y
luego se expandían haciéndome respirar, sentía como los latidos de mi corazón se
aceleraban a medida que iba caminando, sentía el frío seco. Además veía un
camino de piedras de distintos tamaños, cada una con algo grabado. Me acerqué,
tenían escritas palabras incómodas, alarmantes, agobiantes, preocupantes. Luego
de ver eso, quise despertar y no pude.
| Foto por: Ronald Avila |
Cuando me di
cuenta, estaba caminando por la vida. Estaba caminando sobre las experiencias
que había vivido. Dormido, podía sentir como mi cuerpo transpiraba mis miedos.
Me movía dando vueltas sobre la cama buscando despertar y no podía. Cada una de
las piedras de las que te hablé, tenían grabado lo que viví, lo que estoy
viviendo, lo que aún no he vivido. Había sentido tanto dolor por lo que pasó
que quería obviar lo que estaba viviendo, todo el tiempo iba mirando hacia lo
desconocido, hacia el futuro, para evitar el dolor en mis heridas rodillas por
las veces que caí. Había inventado tantas historias que ya no me permitía vivir
presente en lo que hacía momento a momento. Había creado tantos mecanismos para
defenderme que nada ni nadie podría entrar. Creé tantos atajos para evitar
sufrir que perdía de vez en cuando el camino de regreso. El dolor en las
rodillas me enseñó que debía estar ocupándome por lo que vendría para evitar el
sufrimiento. En el sueño, solo quería pensar en lo que pasaría, en las posibles
situaciones que me encontraría, en cómo manejarlas o cómo actuaría ante ellas.
Iba leyendo las piedras que estaban delante de mí, obviando por completo las
que iba sobrepasando, las que iba pisando. Caminaba cada vez con más ansiedad,
cada vez preocupándome más por las piedras que veía de lejos. Aceleré el paso,
pensé que así podría verlas mejor, le ganaría a la vida una pequeña carrera que
me ayudaría a vivir algunos minutos adelantado a ella. De momento me tropecé,
vi cómo mi cuerpo caía, cómo quería usar mis manos para no hacerme más daño y
justo cuando iba a tocar aquel suelo pedregoso, justo cuando mi cara estuvo a
centímetros de tocar el piso… desperté.
Fue tan real,
minutos después de levantarme seguía con el corazón acelerado. Me senté sobre
mi cama a pensar un poco, a respirar para calmarme. Una hora más tarde no podía
conciliar el sueño. Dando vueltas en mi cama, pensé en las veces que me he
caído por estar más pendiente a lo próximo que a lo presente. Llegó a mi mente,
a mi corazón, un pensamiento que hoy quiero compartir contigo. “Si cuando
camino, en lugar de mirar las piedras que pasaré, miro las que estoy
sobrepasando, evitaré caerme, dañarme, tropezarme. Tendré la satisfacción de
que si me caigo, habrá sido con lo que tengo y no con una idea que no sé si es
o será real. Evitaré perder lo que tengo, por miedo a lo que vendrá. Si vivo el
momento presente, el hoy, el aquí y ahora, la ganancia será más.” Abrí mis ojos
en la mañana siguiente, Dios me había regalado la vida, la vida me regaló un
sueño y el sueño me regaló lo único que tengo, lo único que es mío, lo único
sobre lo que puedo actuar, el regalo más preciado… el presente.
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