Por:
Víctor Rafael
Vomité
el amor y el rencor pasó a ocupar su lugar en mi corazón. El miedo iba siempre
detrás de mí recordándome lo que había pasado cuando solo tenía cinco años de
edad. Me refugié en el silencio y guardé en mi corazón aquel evento que en su
momento estremeció mi niñez. Invertí demasiado tiempo buscando maneras de
alimentar malos sentimientos hasta que finalmente encadené la posibilidad de
perdonar a aquella maestra. Ella, perdida en su coraje, sembró el odio en mí,
yo ciego de dolor, escogí ser el terreno donde creció.
Su
cara manchada por el coraje, su dedo señalándome y un golpe sobre la mesa.
Nosotros dos solos en el salón comedor, yo llorando y ella gritándome; “¡Hasta
que no te comas los coditos no sales de aquí!” Le pedí de favor que me permitiera salir, le
dije llorando que no me gustaban los coditos, pero para ella no fue suficiente.
Tomó la cuchara en su mano y me obligó a comerlos… hasta hacerme vomitar, luego
de eso me golpeó y me obligó a terminar de comerme lo que quedaba en la
bandeja. A partir de aquel día verla, escucharla, mencionarla o recordarla, me
aterrorizaba. Después de aquel almuerzo, sentarme en cualquier mesa donde
hubiesen “pastas” servidas me hacía retroceder en el tiempo trayendo a mi mente
aquel vómito que desde muy pequeño me enseñó a guardar rencor.
Las
imágenes de aquel día torturaron mi mente por mucho tiempo, el rencor oprimía
cada vez más el pecho y mi estómago se retorcía con tan solo oler las pastas.
Cada vez que veía a la maestra caminar por la carretera me escondía y mi
cerebro solo trabajaba para crear pensamientos de odio y rencor hacia ella. A
medida que esta escena se repetía, mi corazón gritaba, “¡Deja de castigarte!”
Yo le preguntaba, “¿Cómo lo hago?” Él susurraba, “¡Perdónala!” Entonces
comprendí que ya no se trataba de los coditos, ahora se trataba de perdonarla a
ella.
Desde
muy pequeño firmé un contrato que decía “Mientras más la odies, más lejos
estará de ti.” Era la manera más fácil de no enfrentarme ni a ella ni a las
pastas. Lo que pasé por alto de aquel contrato que creé yo mismo era que en
letras pequeñas decía “Si no la perdonas tu corazón se dañará, a medida que
sigas creciendo tu entorno se volverá frío, el odio apagará la felicidad y el
rencor controlará tu vida por el resto de tus días. Solo hay una manera de ser
feliz y el perdón es el vehículo para llegar a ella.”
Decidí
perdonarla y un sinnúmero de cosas que nunca pensé que tendría comenzaron a
llegar a mi vida. El perdón me llevó a ampliar mi dieta, ya puedo comer pastas,
ya puedo disfrutar de los coditos. El perdón me llevó hacia relaciones sociales
saludables. El perdón liberó mi alma, cerró aquel capítulo de mi vida y me
regaló felicidad. El perdón alejó de mí el miedo a enfrentarla en la carretera.
El perdón me llevo a crecer en todas las áreas de mi vida. Y lo más
significativo de todo es que el perdón hizo pequeño lo que en su momento fue
grande, lo que fue una horrible experiencia lo transformó en una oportunidad
para avanzar. Ya nada giraba en torno a lo mucho que me limitó ese evento, sino
alrededor de lo mucho que aprendí gracias a la maestra. El perdón me liberó.
Seguramente
mientras leías venían a tu mente recuerdos de personas, lugares o eventos en tu
vida, eso es sinónimo de que hay trabajo por hacer. Ahora te toca a ti… perdona, serás libre.
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Interesante demás la vivencia aquí contada... aunque cueste, a la larga el perdón es una opcion que hay que poner en práctica y aunque tome mucho tiempo, luego se siente la tranquilidad y armonia tanto para nosotros como en lo que nos rodea...!!
ResponderEliminar:)
Gracias por leer, el perdón nos regala libertad, tranquilidad y armonía. Lo que el día me regaló es para ti. :)
Eliminarcomo siempre... me encantó... y como dices trajo a mi mente experiencias con las cuales tengo que trabajar... gracias...
ResponderEliminarGracias por leer, siempre habrá que trabajar sobre algo, eso es sinónimo de que estamos con vida. Lo que el día me regaló es para ti.
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