Por:
Víctor Rafael
La
vida en esencia tiene sentido las veces que pongo en primer lugar lo que en
efecto merece estar como lo que importa más. No existe la posibilidad de estar
bien conmigo, tampoco de agradar a alguien, mucho menos la oportunidad de ser
feliz genuinamente cuando mantengo lejos de mí
lo que ocupa, por orden natural, un espacio especial en mi corazón.
Mientras comía
la semana pasada un típico plato de arroz, la vida me regaló una de las
lecciones más importantes que jamás había aprendido. Ya terminando, intenté
comer de un solo bocado lo que quedaba; como era demasiado, la mitad de lo que
había alcanzado a tomar con la cuchara cayó al palto nuevamente. Recordé que mi
bisabuelo me dijo años antes de morir; “El que mucho abarca, poco aprieta.”
Así
pasa en la vida, el afán por querer hacer más de lo que realmente está en mis
manos acaba con todo. Me enfoco tanto en cumplir con las responsabilidades
impuestas por la sociedad que abandono lo más importante en mi vida. Reconozco
que tengo una serie de responsabilidades con las que debo cumplir, pero al
mismo tiempo puedo ver claramente que cantidad no es sinónimo de calidad. No
por hacer mucho, soy más.
Hasta
hace algún tiempo dediqué todo de mí a servir y realizar diversas actividades
en distintos escenarios. Estuve tan ocupado que el tiempo se hacía cada vez
menos, mantenía mi vista girando en torno a mis asuntos y en ocasiones rompía
los acuerdos que yo mismo había creado. Poco a poco mis relaciones fueron
enfriándose y las personas que estaban más cerca de mí comenzaron a reclamar el
tiempo que merecían, incluso yo anhelaba tener tiempo para hacer las cosas que
más me apasionaban. En un principio el egoísmo me hizo pensar que ignorar los “berrinches”
de las personas que había abandonado era una solución viable; sin embargo, el
amor me hizo entender que mi familia y yo merecemos tiempo de calidad juntos.
Abandoné responsablemente lo que carecía de importancia, delegué las cosas que
otros podían realizar y creé espacios en los que pudiera compartir con mi
familia. Ya podía conversar con mi mamá, cantar mientras mi papá tocaba el
piano, acompañar a mis hermanos al parque, conversar de tú a tú con mis
amistades. Escogí no ser una cara ausente, una voz al otro lado del teléfono,
unos dedos sobre un teclado, una persona distante y comencé a vivir cerca de la
gente que amo. Puse en orden mis prioridades y mi vida fue transformada.
Tu
familia nunca será tu fuente principal de ingresos, mas siempre será tu
interminable fuente de felicidad. Los momentos de calidad que pases junto a
ellos no tendrán mucho valor económico, mas siempre quedarán grabados en tu
mente como experiencias transformadoras y llenas de amor. Nunca el espacio
donde sirves te llenará tanto como un momento de risas y amor. El egoísmo
no solo lo practican quienes viven haciendo daño, también lo practican las
personas que no saben ni quieren reconocer lo que el corazón de quienes le
rodean pide a gritos... ¡Atención!
Hoy
la invitación es simple, construye relaciones saludables donde estés presente y
puedas demostrarle a las personas que amas con hechos lo importante que son
para ti. Delega, suelta, despójate, deshazte de todo aquello que te mantiene
lejos, distante, ausente. Entrégate, ocúpate por lo que verdaderamente tiene
importancia y te aseguro que tu vida jamás será la misma.
@victor_rafael9 | Lo que el día me regaló © 2014
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